Hoy es Sábado Santo.
Jesús ha muerto; desgarrado por la traición de los que le aclamaban apenas hace unos días; desolado por el dolor de nuestros pecados; roto por la injusticia que gobierna el mundo; desconsolado por los que sufren el látigo de la marginación, la explotación y la ignorancia; abatido por los que pervierten la Ley de Dios.
Jesús ha muerto por nuestros pecados.
Ha bajado a los infiernos para redimir nuestros males y para purgar el pecado que arrastramos desde el principio de los tiempos. Con su amor infinito, se ha entregado en cuerpo y alma a la voluntad de Dios Padre, para que se cumpliera lo que estaba escrito.
Ante nosotros, solo queda una cruz vacía.
En la sobriedad de sus maderos sentimos nostalgia de los días vividos en su compañía, mientras rememoramos Su Palabra, que a veces tanto nos cuesta entender y mucho menos cumplir, y nos preguntamos si será cierto aquello de que destruirá el Templo de Jerusalén y lo reconstruirá en solo tres días.
Hoy, Jesús no está con nosotros. Miramos su cruz abandonada y experimentamos, en lo más profundo de su significado, la inconsolable desgracia de un mundo sin Él. Y nos sentimos, a un mismo tiempo, huérfanos por la ausencia de Su Amor, vacíos por no ver Su Rostro y culpables del martirio y el dolor de su Holocausto.

Sus clavos fueron nuestros pecados más terribles. Su corona de espinas, nuestros malos pensamientos. Su boca reseca, el amargo sabor del nombre de Dios pronunciado en vano. Sus gritos de amargura, el eco de las palabras con las que herimos a nuestros hermanos. El escozor de sus latigazos, el fruto de nuestros vicios. El destino de su túnica, el reflejo de nuestra codicia desmedida.
El regusto a vinagre y hiel, el sabor de nuestra tendencia a jugar a ser dioses. El cartel que lo humilla en lo alto del madero, el testigo de nuestra ciega soberbia. El velo de sangre en su mirada, nuestros ojos ciegos que no saben ver su rostro en la Creación y en nuestros hermanos. El cielo oscurecido, el signo del mal que le estamos causando a nuestro mundo.
Y, finalmente, su silencio, el único rastro que quedó de todas las ocasiones perdidas en las que no quisimos hablar con Él y compartirle, en la intimidad de la oración, nuestros gozos y dolores.
Los dos maderos cruzados quedan elevados, inertes, en la loma del Gólgota. Jesús ya ha descendido de ellos. La soledad que nos produce su ausencia es infinita.
Hoy reflexiono sobre esa pérdida y mi imaginación intenta dibujar un mundo carente de la presencia de Jesucristo entre nosotros. Y debo decir – ahora que están tan de modas las películas, series y novelas distrópicas – que me cuesta imaginar un mundo más terrible.
Si no hubiéramos gozado de los días del Mesías entre nosotros, sin el generoso regalo de Su Mandamiento, sin su infinita paciencia para explicarnos La Palabra de Dios, este mundo sería hoy un yermo sin sentido ni presente ni futuro.
Viviríamos ausentes, errando perdidos en la oscuridad sin el faro de Su Luz que guía en nuestro camino. Acarrearíamos nuestros pecados sin saber muy bien qué hacer con ellos, sin la oportunidad de redimirlos y sin saber a los pies de quién ponerlos.
En un mundo sin el Testimonio del Hijo de Dios Padre, nuestros días transcurrirían marcados por la insoportable vacuidad de una existencia sin Paráclito, atravesados por la hambruna de nuestro alma, que no conocería el alimento de su Credo, y arrugados por la sed insaciable de Su Sangre derramada por nosotros.
No sabríamos cómo orar al Padre Nuestro. No reconoceríamos al hermano que camina a nuestro lado. No dejaríamos a los niños que se acercaran a los pies del Maestro.
¿Quién se arrodillaría, en un mundo así, para consolar y ayudar al herido, al abandonado, al perseguido, al enfermo, al adicto, al que vive al margen de la sociedad, al ninguneado, al anciano solitario, a tantos y tantos que claman misericordia y ayuda?
No puedo imaginar un mundo más desolador, más triste, más vacío, más perdido, más estéril que aquel que nunca hubiera sido hollado por los pies de Jesucristo.
La ausencia de su Cruz, a la que abrazarnos cada día, sería mil veces más terrible que la sensación que hoy sentimos ante su cruz eventualmente vacía.

Y, sin embargo, en lo más profundo de nuestro dolor, nosotros, los que nos reunimos para orar por su regreso, vivimos alimentados por la esperanza de su regreso triunfante frente al mal. Anhelamos su resurrección desde los infiernos y nos preparamos para volver a visitar Emaus, para experimentar juntos Pentecostés, para ver de nuevo Su Rostro y, tal vez, para saciar nuestra pobre fe tocando, cual Tomases, las cicatrices de sus manos y sus pies.
Desgraciadamente, no todos tenemos la fortuna de haber escuchado – que no oído – Tu Palabra. No todos hemos podido sentir la yema de tus dedos tocando nuestros ojos cegados por un mundo que te da la espalda.
No todos nos hemos caído de nuestro caballo y allí, entre el polvo, hemos percibido como nuestros huesos doloridos se estremecían bajo la fuerza del Espíritu Santo, que nos levanta para retomar el camino, esta vez por el sentido correcto, el que nos lleva junto a tí, el que nos señalas como un Buen Pastor que, paciente y amoroso, encarrila a sus ovejas negras descarriadas.
Hoy, Jesús, ante tu cruz vacía y descarnada, me arrodillo y te suplico que vuelvas con más fuerza que nunca para que, de nuevo sobre el púlpito de madera desde el que sanas nuestros pecados, tu luz poderosa ilumine a los hombres que aún viven en la oscuridad.
Elévate más alto que nunca, para que puedan verte desde los rincones más lejanos, cubre con la sombra de tu Cruz a los que no saben reconocer Tu Reino Celestial. Muestra tus llagas gloriosas a los que se empeñan en negarte, no tres, sino tres millones de veces. Muestra tu sonrisa amable y reconfortante a los que solo se han alimentado hasta hoy con la tristeza desmedida de tu ausencia.
Y a nosotros, humildes siervos, que nos empeñamos en ir contracorriente para llevar Tu Palabra a aquellos que más la necesitan, alimentamos con Tu Amor, Tu Misericordia y Tu Luz para que sean el único equipaje con el que nos mostremos ante nuestros hermanos.
Y así, imitando la desnudez de la cruz que se eleva hoy ante nosotros, sepamos tocar sus corazones y abrir sus mentes, para que ellos también sepan levantar su mirada hacia tu cruz vacía y sentir, a un mismo tiempo, la tragedia de tu ausencia temporal ante nosotros y el consuelo y el alimento de tu resurrección, que nos anuncia la invitación a la eternidad futura ante Dios, nuestro Señor.
«Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Jn 12, 31-32
