La alegría de ser hijos de Dios

ALEGRAOS, NO TEMÁIS, EL SEÑOR HA RESUCITADO

Nuestro corazón y nuestra mente se nublan con frecuencia. Nuestras preocupaciones, miedos y debilidades a menudo ocupan nuestros pensamientos y alteran nuestro ánimo. Es en estos momentos cuando la presencia de Jesucristo, Luz sobre las tinieblas y Alimento de nuestro espíritu, nos consuela al recordarnos, como a Moisés, que Dios está con nosotros.

Esa certeza es la que celebramos durante el tiempo de Pascua, en el que conmemoramos que Dios Padre no solo no nos abandona, sino que nos ofrece el sacrificio de su Hijo, Cordero de Salvación, para que, mediante el Testimonio de su Palabra y su victoria sobre el mal, nos libere del manto de pieles que envuelve el pecado original y nos vista con la suave túnica de lino de la promesa del Reino de Dios.

Por ese motivo, nuestro corazón se llena cada día con el gozo de la Resurrección y nos recuerda que la alegría forma parte esencial de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos en Cristo.

La alegría de amar a Dios y sabernos amados por Dios es mucho más poderosa que cualquier pensamiento que amenaza con oscurecer nuestra vida.

Podemos experimentar mejor esta dicha, leyendo el evangelio del Lunes de Pascua, que nos habla sobre la alegría que alimenta nuestra Fe.

“En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos.» Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies”

Mateo 28, 8-10

Gaudete et Exsultate

El Santo Padre nos hace una profunda reflexión en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate sobre la alegría presente en nuestra vida cristiana. En este extracto podrás encontrar sintetizada la belleza de este mensaje de gozo y felicidad en Cristo.

El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo», porque «al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado. De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo».

Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4).

Jesús nos da una seguridad: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,20.22).

Hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que «se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo».

Jesus nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados: «En tiempo de prosperidad disfruta […]. Dios hizo a los humanos equilibrados, pero ellos se buscaron preocupaciones sin cuento».

Hay que mantener un espíritu flexible, y hacer como san Pablo: «Yo he aprendido a bastarme con lo que tengo» (Flp 4,11). Es lo que vivía san Francisco de Asís, capaz de de alabar feliz a Dios solo por la brisa que acariciaba su rostro.

Reflexión Personal

Dicen que las malas noticias captan nuestra atención y recuerdo hasta siete veces más que las buenas. Esto nos confunde y nos lleva frecuentemente a pensar que vivimos en un mundo terrible y lleno de maldad, en el que nuestra vida no es más que un valle de lágrimas. Pero no es cierto.

Antes de terminar esta lectura, te invito a reflexionar durante un instante en silencio sobre todas las buenas noticias y momentos de felicidad y alegría que has vivido esta semana. Seguro que te sorprende con cuánta frecuencia nos bendice el Señor con motivos de alegría. Reflexiona un rato sobre cada una de esas noticias; piensa cómo han hecho o pueden hacer mejor a tus hermanos y cómo forman parte de la obra de Dios.

Finalmente, te invito a leer en voz alta esta oración en agradecimiento por tantos momentos de felicidad que iluminan nuestras vidas.

Cristo del Javier

Acción de Gracias

  • Señor, te damos gracias por iluminar cada día nuestras vidas con tu misericordia.
  • Gracias por convertir nuestra tristeza y melancolía en la alegría de sabernos hijos tuyos.
  • Gracias por darnos cada día la oportunidad gozosa de ver tu rostro en todo lo que nos rodea.
  • Gracias por sentirnos amados y por la capacidad de amar a todos nuestros hermanos.
  • Gracias por la dicha infinita que nos aportas cada vez que perdonas nuestros pecados.
  • Gracias porque nos llamas cada día por nuestro nombre y nos haces sentir hijos tuyos.
  • Gracias por el alimento diario del pan y la sangre con el que te conmemoramos.
  • Gracias por la cruz que consuela y alivia nuestros sufrimientos y los torna en consuelo y dicha.
  • Gracias por enviar el Espíritu Santo para que abra nuestros ojos y oídos a Tu Palabra.
  • Y gracias por la felicidad de encontrarnos contigo ante tu sepulcro vacío y por reunirte con todos nosotros en Emaús.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Por los siglos de los siglos. Amén.

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